Eurovision, Chanel y las nuevas formas de censura (I)

Actualizado: 25 jun

No soy aficionado a Eurovision. La última vez que lo vi fue durante la intervención de Betty Missiego (¡corría 1979...!). Nunca me han atraído las competiciones musicales, porque considero que los gustos no son suceptibles de puntuarse, amén de que en Eurovisión hay factores de geopolítica que nada tienen que ver con las interpretaciones de los artistas participantes. Y este año la victoria de Ucrania ha respaldado esta evidencia.


Dicho lo anterior, sí me he enterado del revuelo levantado con la selección y la actuación de nuestra representante, Chanel Terrero, en la última edición del evento. Y lo hice de una forma un tanto anómala: cuando llegó a mi conocimiento que su victoria en el festival de Benidorm había llegado nada menos que al Congreso de los Diputados por vía de una pregunta parlamentaria. Me resultaba insólito que con todos los problemas que tenemos encima se perdiera el tiempo preguntando en sede parlamentaria por el sistema de votación de un evento musical. Mi sorpresa fue mayúscula al comprobar que tras el asunto había claras inclinaciones políticas, preferencias por ciertos temas musicales "políticamente correctos", pueblerinas pataletas nacionalistas y, lo que es más grave, acoso a la legítima ganadora del Festival de Benidorm.





En realidad, al fondo de este asunto subyace un problema de censura social que, al llegar al Parlamento y estar protagonizada por algunos partidos políticos con responsabilidades en el Gobierno, adquiere también tintes de censura institucionalizada. Y, como trataré de mostrar en sucesivos análisis, la situación no se diferencia demasiado de otras etapas en las que, bajo la excusa de defender valores distintos a los que ahora esgrimen los detractores de la artista, el resultado era el mismo: censura, pensamiento único, y puritanismo. Mucho puritanismo. Son las mismas represiones con hábitos distintos.


A la interpretación de Chanel se le ha imputado, sobre todo por cierto feminismo radical, que cosifica a la mujer, erotizándola y proporcionando un mal ejemplo a las niñas, que (se ha llegado a decir, en el colmo de la estulticia) pueden sentirse atraídas por esterotipos sexuales, alejándose de su objetivo vital que (no se sabe muy bien por qué) ha de ser el convertirse todas en científicas. A lo anterior se añade el acusar a la canción SloMo de ser nada menos que propaganda de la prostitución... justo cuando se está tratando de modificar nuestro Código Penal para perseguirla más severamente. ¿Hay algo de cierto en estas acusaciones?


Veamos, que la canción presenta una alta carga sexual, y que tanto la coreografía como la indumentaria también la contienen es algo más que evidente. Ahora bien, despreciar el tema y (lo que es muchisimo peor) a la artista por esta circunstancia resulta lamentable y recuerda a tiempos pretéritos que uno consideraba por fortuna ya periclitados.



La demonización del erotismo ha sido el principal motivo de censura desde el siglo XVII (junto a los ataques a la religión y a los gobernantes). Por ese motivo, en Gran Bretaña se implantaron a partir del siglo XVIII severas leyes antiobscenidad que luego fueron imitadas en Estados Unidos, donde todavía el sexo representa a día de hoy, en muy buena medida, un tabú. Muy a diferencia, dicho sea de paso, de la violencia, mucho más tolerada por aquellos lares, sobre todo por culpa de la anacrónica Segunda Enmienda. En España, tras la permisividad que se vivió en materia de erotismo durante la II República, la dictadura franquista, con la Iglesia católica de sostén ideológico, la convirtió en pecaminosa y una ofensa a la moralidad, perseguible administrativa e incluso penalmente.


Pero en realidad da igual que el erotismo se rechace por el nacionalcatolicismo o por planteamientos feministas, porque al final responde al mismo concepto de fondo: puritanismo y defensa fanática de ciertos valores que tratan de imponerse a los demás. Los mismos perros con distintos collares. Una sociedad democrática y por lo mismo plural ha de convivir con las formas en las que las personas desean expresar su sexualidad (siempre obviamente que no cause un daño a terceros), y tan respetable es que una chica lleve poca ropa como que vista con un hábito. Sin embargo, parece que a ciertos sectores intransigentes no les importa que el colectivo LGTBI manifieste abiertamente su sexualidad (como es lo lógico ¡faltaría más, y menos mal que por fin es así!), pero sin embargo se niega el mismo derecho a Chanel y su coro, incluso en el curso de una interpretación artística. No se diga que la diferencia es que en el caso de la artista catalana ésta representa la imagen de España: nuestra imagen la representan los políticos y altos cargos que tenemos. Y de casi todos ellos sí que hay motivos sobrados para avergonzarse. Chanel sin embargo dejó a Europa, Iberoamérica e incluso Estados Unidos con la boca abierta con su actuación. Como embajadora de España ha sido extraordinaria.


Por si fuera poco, se cuestiona a una cantante que voluntariamente ha escogido su vestimenta, pero no existe por parte de esos críticos el mismo grado de rechazo a las indumentarias islámicas que las jóvenes de ese credo se ven a menudo obligadas a vestir en contra de su voluntad. La conclusión es fácil: a esos grupos no les importa la obligatoriedad de ciertas prendas, porque ellos mismos tambien quieren imponerlas, a su particular modo. Les disgusta más Chanel con un ceñido vestido de diseño elegido por ella misma, que una mujer islámica obligada a cobijarse bajo un burka.




Sobre el mismo asunto trataré esta semana en otra entrada del Blog para no abusar de la paciencia del lector.





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