¿Se puede medir la obscenidad? El test de Hicklin

Actualizado: 31 ago



El control sobre la libertad de prensa nació ligado no sólo a la represión de escritos de naturaleza política y religiosa que pudieran incomodar a las autoridades. También se empleó para poner coto a textos que se consideraban ofensivos para la moralidad pública, en particular por su contenido erótico. Pero uno de los casos históricamente más relevantes en torno a la libertad de prensa combinó todos estos aspectos: política, religión y erotismo se entremezclaron en un explosivo cóctel que daría lugar a una sentencia mítica.


En 1836 veía la luz en Inglaterra la obra anónima The Confessional Unmasked, showing the Depravity of the Romish Priesthood, the Iniquity of the Confessional, and the Questions put to Females in Confession, opúsculo que conoció nuevas ediciones en 1851 y 1852. El escrito representaba un ataque de la comunidad protestante contra el catolicismo, y de hecho sus dos reediciones coincidieron con lo que se conoció como "Agresión Papal", en 1850, cuando Pío IX restableció en Inglaterra la jeraquía de obispos y arzobispos.


Sin embargo, a efectos jurídicos el aspecto más polémico de la obra no residió en su ataque al papismo, sino en su contenido sexual. Y es que el libro trataba de mostrar cómo los prelados eclesiásticos, a través de la práctica de la confesión (sobre todo a las mujeres) accedían a descripciones de la actividad sexual desarrollada en la vida marital. Es más, diversos extractos de patriarcas católicos reproducidos en el libro (principalmente de Peter Dens, Alphonsus Liguori y Thomas Sanchez) evidenciaban cómo uno de los cometidos encomendados a los curas era, precisamente, utilizar la confesión para sonsacar esos datos privados, con los que luego debían guiar debidamente a los cónyuges para que se consumase el sacramento matrimonial y su principal objetivo: la concepción. Por añadidura esos mismos párrafos orientaban a los prelados católicos sobre qué prácticas sexuales no iban dirigidas a ese cometido, y por tanto resultaban pecaminosas. Tales extractos (debidamente comentados en algunos casos por el anónimo autor del libro) describían prácticas como la masturbación, el sexo anal y oral, así como un elenco de posturas sexuales. Al punto de que el texto casi podría servir de manual de prácticas eróticas.


Este contenido provocó que The Confession Unmasked se viese sujeto a la Obscene Publications Act, norma aprobada en 1857 y promovida por el juez John Campbell para detener la circulación de publicaciones obscenas que se vendían sobre todo en la céntrica calle londinense Holywell Street. En la ley se definía lo que se entendía por obsceno en los siguientes términos:


"Para los propósitos de esta ley, un texto debe considerarse obsceno si su efecto o (en el caso de que el texto comprenda dos o más elementos) el efecto de cualquiera de ellos, considerados en conjunto, se dirigen a depravar o corromper a personas que, en atención a todas las circunstancias relevantes, estén en condiciones de leer, ver u oír la materia que contengan".


En aplicación de la citada ley, en 1867 el librero Henry Scott fue condenado por la posesión, con intención de vender, de The Confession Unmasked, recurriendo la condena en apelación ante la Court of the Queen's Bench. La sentencia resolviendo dicha apelación fue redactada por el juez Alexander Cockburn (Regina v. Hicklin, L.R. 3 Q.B. 360, 1868) y representó un hito en la historia de la libertad de prensa al establecer lo que sería conocido como el "Hicklin test", una regla jurisprudencial para determinar cuándo debía reputarse que una publicación era obscena. Lo que pretendía Cockburn era afinar un poco la farragosísima definición de obscenidad que comprendía la norma, y que la hacía escasamente operativa. Bajo el nuevo criterio establecido por Cockburn, una publicación sería considerada obscena


“si la materia considerada como obscena tiende a depravar o corromper a aquellos sujetos cuyas mentes son permeables a tales influencias inmorales, y en cuyas manos pueda caer una publicación de este tipo”


El “Hicklin test” comprendía por tanto tres elementos que permitían determinar cuándo una publicación resultaba obscena: los efectos que ocasionaba (“depravar o corromper”), los sujetos a los que afectaba (personas influenciables) y la cantidad de contenidos que debía incluir (bastaría con que parte de la obra resultase obscena).


Con esta definición, Cockburn no dudó en considerar que The Confession Unmasked era una obra manifiestamente obscena, y ratificó la condena a Henry Scott, ordenando además la destrucción de las 253 copias de la obra de que disponía el librero, y confiscando otras 3.800 más en la localidad de Rochdale. Pero lo más relevante es que su "Hicklin test" se convertiría durante un siglo en la herramienta empleada en el mundo anglosajón para determinar si una publicación era obscena. En Estados Unidos esta doctrina se aplicó por vez primera en 1879, y se mantuvo como canon para definir la obscenidad hasta 1957. En Canadá se llegó a trasladar a su Código Penal, donde se mantuvo hasta 1959, y también se incorporó a la legislación penal de la India donde pervivió nada menos que hasta 2014, fecha en la que el Tribunal Supremo de aquella nación lo anuló.


Es cierto que el test de Hicklin adolecía de defectos bastante evidentes, sobre todo por su imprecisión, tanto en lo referente a la “capacidad corruptora” que debía apreciarse en la publicación, como en el “destinatario” de ella, toda vez que podía ser, en principio, cualquier sujeto, incluido un incapaz o un menor, aunque no fuese el destinatario de la obra cuestionada. Aun así, es necesario situar la decisión de Alexandre Cockburn en su contexto: sin duda representó un primer intento para objetivar la definición de obscenidad y, en ese sentido, trató de introducir una regla más o menos precisa que pusiera límites a la hora de calificar de obscena una publicación.


No todos los países han actuado así. Piénsese en España, donde la jurisprudencia siempre ha vinculado la obscenidad a algo tan evalenscente como la tutela de la moral pública, sin fijar reglas más precisas que puedan servir para trazar el rumbo que la Administración y los jueces hayan de tener presente para limitar la libertad de expresión.


Y aun cuando a día de hoy la "obscenidad" no es un tema que habilite fácilmente a imponer límites a la libertad de expresión del artículo 20 de nuestra norma fundamental, conviene no perder de vista que por ejemplo algunas normas autonómicas impiden colocar en mostradores, y vender a la vista, publicaciones que puedan ser pornográficas. Condenadas al oscurantismo, estas publicaciones tendrán menos posibilidades de llegar al público. Por tanto, fijar qué es o no pornográfico (y de resultas "obsceno") también es una cuestión que debiera interesarnos.

 

Para saber más:

Sobre la elaboración y publicación de The Confessional Unmasked resulta muy esclarecedor el artículo de Katherine Mullin, "Unmasking The Confessional Unmasked: The 1868 Hicklin Test and the Toleration of Obscenity", English Literary History, vol. 85, núm. 2, 2018, pp. 471-499.

Sobre el "Hicklin test" y su relevancia en el sistema judicial anglosajón, resulta imprescindible la consulta de la clásica obra de Norman St. John Stevas, Obscenity and the Law, Secker & Warburg, London,1956.

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